Salud mental. Constextualización social.

Fuente: Revista de
interés general La Pulseada:
http://www.lapulseada.com.ar/41/41_saludmental.html

Salud mental

LA SOCIEDAD FUERA DE

¿Qué
significa estar “sano” de la cabeza?
¿Qué consecuencias puede tener ser declarado
“enfermo”? En el país con la mayor tasa
mundial de psicólogos y psiquiatras por habitante, estas y
otras respuestas siguen siendo un terreno en disputa. La Pulseada
recorrió ese territorio: investigó,
entrevistó, conoció manicomios, encierros...
Recogió denuncias de horrores y negocios. Pero
también encontró experiencias sociales,
revolucionarias, terapias exitosas basadas en el arte, el trabajo y la
creatividad. Un panorama de lo que hay y de los esfuerzos que se hacen
para cambiarlo.


Producción
periodística: Pablo Antonini, Daniel Badenes,


Laureano Debat, Verona
Demaestri y Patricio Féminis


Coordinación
y edición: Pablo Antonini

La definición de la Organización Panamericana de
la Salud (OPS) tal vez sea un poco larga y enredada, pero vale la pena
leerla despacio para entrar a este informe. “Salud Mental:
Estado sujeto a fluctuaciones provenientes de factores
biológicos y sociales, en que el individuo se encuentra en
condiciones de conseguir una síntesis satisfactoria de sus
tendencias instintivas potencialmente antagónicas,
así como de formar y mantener relaciones armoniosas con los
demás y participar constructivamente en los cambios que
puedan introducirse en su ámbito físico y
social”. Se encuadra, a su vez, en la definición
general de Salud que maneja oficialmente la Organización
Mundial (OMS) desde 1946: "Estado de completo bienestar mental,
físico y social, y no meramente la ausencia de enfermedad o
dolencia"

El Lic. Yago Di Nella, coordinador de la Cátedra Libre de
Salud Mental y Derechos Humanos “Marie Langer” en
la Facultad de Humanidades de la UNLP, traduce: “se refiere a
un estado de bienestar, físico, psíquico y social
de la persona, en relación con su comunidad de pertenencia.
Sobre todo como componente no separable de la salud en general, con la
necesidad de no pensar la salud mental y la física por
separado”. Di Nella elige explicarse con Enrique
Pichón Rivière, creador de la
Psicología social y “uno de nuestros padres en el
desarrollo de la salud mental en Argentina. Pichón
Rivière tenía lo que se llama la
‘teoría de la enfermedad
única’, que se resume en la idea de que las
personas simplemente enferman. Y que la sintomatología puede
ser preponderantemente psíquica, del campo de lo mental,
pero nada más que eso”.

El psiquiatra y psicoanalista Alfredo Grande recuerda
múltiples ejemplos de su paso por la Facultad de Medicina:
“Se estudiaba, supongamos: ‘causas de esterilidad:
causas tubáricas, causas uterinas, causas
psicológicas…’, como si la causa
psicológica fuera un órgano más del
cuerpo. Pero la salud mental es parte del todo; es exactamente lo
opuesto a una especialidad”.

“La salud mental es necesariamente un concepto
colectivo”, aporta Margarita Pérez, coordinadora
de la carrera de Psicología Social en la Universidad de las
Madres de Plaza de Mayo. “Es la capacidad de los sujetos para
transformarse, contenerse, vincularse y encontrar lugares, espacios y
caminos en conjunto”. En contraposición, repasa
algunos cánones de la “normalidad”
instituida: el afán de conseguir dinero a toda costa, el
consumismo, la destrucción de vínculos, el ritmo
frenético de producción en niveles medios y altos
sosteniéndose a fuerza de úlceras,
pastillas… “¿Eso es salud? Y
sí, para el sistema es salud, porque ese sujeto, enajenado
como está, produce y reproduce esa idea de
normalidad”.

“La alienación o enajenación
-definía Karl Marx- es la enfermedad fundamental del hombre,
pues constituye el punto de partida de todos sus males”. La
salud mental se basa en “poder amar y trabajar”
sintetizó Sigmund Freud en 1935. Con influencia de ambos,
Erich Fromm proponía una doble mirada: desde lo social
“una persona será ‘normal’ si
es capaz de desempeñar en la sociedad la función
que le atañe, es decir, si es capaz de participar en el
proceso de la producción económica de dicha
sociedad”; desde lo personal, se trata del
“óptimo desarrollo y la felicidad del
individuo”.

Mientras más se ahonda en las definiciones, más
lejos queda la salud mental de un problema meramente individual, que se
resuelve entre paciente y terapeuta en la intimidad de un consultorio o
se cura como una gripe ingiriendo ciertas pastillas. Y más
importante resulta no confundir los términos salud y
enfermedad mental, en el sentido de entender una como la ausencia de la
otra. Si una persona no transita por una etapa de “completo
bienestar, mental, físico y social” puede tener
problemas en su salud mental, pero no significa que esté
mentalmente enferma. Para definir las enfermedades mentales existen
parámetros clínicos con síntomas
definidos, mientras que la salud mental se plantea desde los diferentes
grados de bienestar o deterioro psicológico.

La pregunta inevitable es ¿qué pasa cuando las
condiciones sociales y económicas atentan contra la
posibilidad de “amar y trabajar”, cuando alguien no
puede cumplir la función “en el proceso de la
producción económica” que su sociedad
le exige para considerarlo “normal”?

Victoria Martínez, directora de “Derechos de
Grupos Vulnerables” en la Secretaría de Derechos
Humanos de la Nación y cofundadora del Movimiento Solidario
de Salud Mental, alerta sobre el riesgo de
“psiquiatrizar” los problemas sociales:
“Nosotros sabemos que la situación de grave crisis
que vivimos como país ha dejado una fuerte
exclusión social. Entonces hay que separar a quienes
requieren efectivamente un tratamiento y quienes, por los padecimientos
que produce la situación social o de exclusión a
la que están expuestos, requieren un tipo de abordaje
más integral; justamente de recuperar sus condiciones dignas
de vida para que puedan desarrollar plenamente sus
potencialidades”.

Campeones del mundo
Sumando psicólogos y psiquiatras, la Argentina tiene la tasa
más alta del mundo en profesionales de salud mental por
habitante. Según Di Nella, “esto no ha repercutido
en la salud mental de la población, lo que nos lleva a
preguntarnos qué están haciendo esos
profesionales, ¿no?, porque basados en este dato nuestro
país debería tener el mejor índice de
salud mental del mundo, pero evidentemente la cantidad de profesionales
no necesariamente lleva a una calidad en el servicio. De hecho hay
muchos ocupándose de la salud mental de la
población: los Estados están teniendo cada vez
más incidencia, casi todas las provincias tienen direcciones
de salud mental, el campo institucional es cada vez más
grande… pero está costando que la
población vea una mejoría”.

La estadística también comprueba que el
número no hace la fuerza, ya que “el campo de la
salud mental sigue siendo marginal. Hay otras esferas de la salud que
tienen mucha mayor atención de las obras sociales, las
prepagas, los seguros de salud en general, la atención
médico-hospitalaria, sobre todo en la
pública”. Algunas obras sociales, por ejemplo,
cubren el tratamiento psicológico hasta un tope
predeterminado de sesiones, finalizado el cual habrá que
considerarse forzosamente curado si no se cuenta con otros recursos.

Los problemas empiezan, en su opinión, desde la misma
formación profesional. “La medicina y la
psicología funcionan no sólo como campos
separados, sino antagónicos: en Psicología suele
hablarse de ‘los médicos’ para
ejemplificar qué no debe hacerse, y en Medicina se hace lo
mismo con los psicólogos”. Sin embargo, dice Di
Nella, en las distintas disciplinas vinculadas a salud mental
–la Medicina, la Psicología, el Trabajo Social, la
Enfermería–, sí existe una preocupante
característica común: “la
formación no tiende a pensar al sujeto como un sujeto de
derechos sino como un ‘paciente’. Cuando uno piensa
al usuario del servicio de salud mental de entrada como un paciente, ya
le quita un montón de derechos, porque no todo sufriente
necesita ser ubicado en ese rol. El encasillamiento de cualquier
persona con padecimiento mental como ‘paciente’ ya
le quita el derecho a saber sobre su tratamiento, a lo que se llama
‘consentimiento informado’; es decir, a decidir con
qué profesional se quiere atender, si va a ser internado o
no, a conocer sobre las medicaciones que se le puedan dar o no... Toda
una serie de decisiones que están en la esfera del derecho
de quien va a ser atendido, pero el profesional no suele tener la
formación suficiente en derechos humanos para hacerlo
co-partícipe y permitir que lo ejercite”.

Parte de las causas recaen, para Di Nella, en que “los
profesionales de la salud mental no tenemos una estrategia
única y basada en un vínculo solidario que nos
permita hacer fuerza para que esto sea de otro modo. Los esfuerzos
están bastante desperdigados, a diferencia de lo que
sucedía en otros momentos históricos (ver
“En las trincheras”, pags.13 a 18). La perspectiva
integral de la salud pública desapareció y muchas
organizaciones de profesionales o trabajadores suelen estar
más preocupadas por los derechos de sus asociados que por la
población en general”.

Rejas
Durante siglos, a las enfermedades mentales se les atribuyó
un carácter diabólico, considerándolas
producto de posesiones demoníacas u otros hechizos, y por lo
tanto fuera del alcance de la medicina. Las concepciones del siglo
XVIII comenzaron a pensarlas como “un alejamiento voluntario
de la razón” que debía ser corregido
mediante el internamiento y severas medidas disciplinarias.
“Aunque los ‘enfermos mentales’ ya no
eran quemados en la hoguera -reseña la Lic. Lucía
del Carmen Amico-, su suerte era aún lamentable durante la
Ilustración. Si no eran internados en los hospitales,
vagaban solitarios, siendo objeto de desprecios, burlas y
maltratos”.
Amico es Trabajadora Social y autora de una tesis sobre
desmanicomialización ("Hacia una transformación
de los Dispositivos Hegemónicos en Salud Mental") que
incluye un prolijo recorrido por la historia de los manicomios, cuyos
fundamentos fueron variando a través de la historia. Desde
la función de aislamiento hasta la de castigo, y finalmente
la de ‘recuperación’, que aparece junto
con la modernidad, cuando “el encierro deja de ser entendido
como castigo y se lo empieza a vincular con criterios
morales-terapéuticos (…) el loco es reconvertido
en enfermo mental y sometido a tratamiento, incluso en contra de su
voluntad, ya que la psiquiatría era (y en cierta forma es)
omnipotente frente al enfermo mental, cuyo discurso es negado por
incoherente y cuya palabra sólo sirve para verificar un
diagnóstico”. Choques biológicos e
insulínicos, abscesos de fijación,
contención mecánica, celdas de aislamiento,
lobotomías, altas dosis de psicofármacos,
electrochoque, son algunos de los mecanismos que se empiezan a usar en
consecuencia.

Actualmente, en la Argentina existen cerca de 23 mil personas
internadas en neuropsiquiátricos y colonias estatales y
otras 13 mil en clínicas psiquiátricas privadas,
registrándose procesos de hasta 70 y 10 años de
encierro promedio, respectivamente, según el Movimiento
Social de Desmanicomialización y transformación
institucional.

¿Qué hay detrás de esos muros?
“De todo”, simplifica la especialista en salud
mental y diputada nacional Marta De Biasi. “Hay desde
toxicodependientes hasta muchos con diagnósticos
equivocados, a mí manera de entender: esquizofrenia,
borderline, de todo un poco y mezclado ¿Pero
sabés lo que hay, fundamentalmente, en esos lugares? Hay
aparatos mentales que son como los muebles de la
institución. Porque están tan
institucionalizados, tan quebrados en lo que puede ser algo creativo y
propio, que lo que encontrás son este tipo de
patologías. Cualquiera se puede volver un poco loco en un
momento de su vida, podés tener una crisis
psicótica pero eso no quiere decir que debas estar toda la
vida loco y encerrado. Hay tantos locos en la calle...”.

De Biasi es autora del proyecto de Ley Nacional de Salud Mental
inspirado en la “Ley Basaglia” sancionada hace 25
años en Italia, que inició una profunda reforma
de la que ella participó activamente durante su residencia
en ese país. En base a esta experiencia, la diputada asegura
que el principal obstáculo para abrir los manicomios
“no son las rejas objetivas del Hospital sino las rejas
mentales de muchos profesionales que están encerrados en sus
propias categorías, sin poder pensar en otras situaciones ni
crear otro tipo de cosas”. De hecho, son muchos los que ven
el cierre de los manicomios como una amenaza a sus fuentes de trabajo.
La “Reforma Bataglia” demuestra, asegura De Biasi,
que con la apertura de los hospitales psiquiátricos
“los mismos enfermeros, los mismos profesionales, pueden
reciclarse en una idea de la salud mental que no tiene que ver con el
encierro, sino con nuevas formas de vivir en la comunidad”.

Sin embargo, los obstáculos no son sólo
corporativos y mentales. “Hay muchos intereses en juego para
que las cosas no cambien”, apunta Martínez, para
quien el encierro de personas con trastornos mentales graves
“debería ser una medida de último
recurso. Si se lo utiliza de forma generalizada no es solamente porque
se elige ese camino en vez del terapéutico, no nos
engañemos. También hay muchos negocios
detrás”.

“Casi un 40% de los lugares de internación son
privados y muchas veces –observa Di Nella- están
subvencionadas por el Estado a través de convenios y obras
sociales, como muchos geriátricos privados, que en la
práctica están subvencionados por PAMI, porque
todos los usuarios son de PAMI”. Se conocen casos en los que
el Estado ha pagado a una institución privada, casi cuatro
veces más por paciente de lo que tiene presupuestado para
las propias (Ver “Quereme así
piantáa…”).

“Una boca
grande que te traga”

En el país existen dos provincias que ya cerraron sus
manicomios: San Luis y Río Negro. Di Nella conoce bien esta
última, cuya ley de salud mental rige desde 1991, y asegura
que “no hay nada que indique que un enfermo mental no pueda
ser atendido o estar internado en un hospital general, salvo el
prejuicio de la tradición. En Río Negro atienden
a las personas con padecimientos mentales en los hospitales generales,
y si es necesario los internan allí sin ningún
problema. Están 15 o 20 días y vuelve a su
casa”. En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires
también existe una ley de esas características,
la 448, pero no se aplica por los intereses antes mencionados.

“La mayoría de los internados como pacientes
mentales crónicos en neuropsiquiátricos son
personas que están en la línea de la pobreza
extrema, y más de la mitad están por razones
ajenas a su patología.”, agrega recordando su
experiencia en el Hospital neuropsiquiátrico
“Alejandro Korn” de Melchor Romero, entre 1997 y
2001. “¿Qué quiere decir esto? Que
otros con la misma patología están en sus casas y
no internados. Desde el punto de vista clínico
están rehabilitadas, pero desde el punto de vista social no
tienen inclusión, entonces siguen adentro”. Dado
que en Romero hay cerca de 2 mil internos, esta definición
podría caberle a más de mil personas en nuestra
ciudad.

Cifras similares arroja un informe del Centro de Estudios Legales y
Sociales (CELS) sobre la unidades penales de los hospitales Borda y
Moyano en Buenos Aires (ver recuadro). En este caso, además,
se cruza lo que Margarita Pérez llama “dos estados
de exclusión en una sola persona, una tensión muy
difícil de reparar: un sujeto atravesado al mismo tiempo por
lo penal y lo hospitalario”.
A pesar de todo, aunque sin llegar todavía al desarrollo que
tenían antes de la dictadura, las experiencias
transformadoras existen y crecen. "Un tallerista siempre
decía que la entrada al Borda es como una boca grande que te
traga”, suelen relatar en el Frente de Artistas del Borda.
“Por eso, nuestra lucha es desde la panza del monstruo hacia
fuera".
Dentro y fuera de las instituciones, cada vez son más las
voces y modelos alternativos que ganan terreno. En las
páginas que siguen se consignan algunas.
Pablo Antonini

Producción
periodística: Pablo Antonini y Daniel Badenes



Las catacumbas
“Violencia y abandono en la Unidad Psiquiátrica
Penal nº 20 del Hospital Borda” se titula el informe
del equipo de Salud Mental del Centro de Estudios Legales y Sociales
(CELS), elaborado en base a una serie de visitas a ese lugar en 2004 y
2005. Las conclusiones son tajantes: “Ante la ausencia de
políticas públicas orientadas a la
integración de la población pauperizada, las
cárceles y los hospitales neuropsiquiátricos
terminan por transformarse en depósitos que albergan
personas sin recursos ni derechos. Verdaderos inexistentes sociales
para los que la sociedad no parece reservar ningún lugar
definido”.

Las unidades psiquiátricas penales se destinan para las
personas que, acusadas de la comisión de un delito, son
declaradas inimputables en los términos del art. 34 del
Código Penal: cuando por insuficiencia o
“alteración morbosa” de sus facultades,
error o ignorancia, no hayan podido comprender la criminalidad del acto
o dirigir sus acciones en el momento del hecho. En estos casos,
“el tribunal puede ordenar una reclusión de la que
no saldrá sino por resolución judicial, con
audiencia del ministerio público y previo dictamen de
peritos que declaren desaparecido el peligro de que el enfermo se
dañe a sí mismo o a los
demás”. Pero en la práctica, asegura el
CELS, sólo muy excepcionalmente los jueces visitan o
supervisan la evolución de los internos y las personas
permanecen indefinidamente detenidas.

Sobrepoblación, falta de personal “en
número y formación profesional
idónea”, ausencia de diagnósticos y
tratamientos adecuados, tratos crueles, inhumanos y degradantes, son
algunas violaciones sistemáticas de los derechos humanos
denunciadas en el documento.

En la unidad penal del Borda, las personas al ingresar son mantenidas
por un período de 10 días o más en
celdas de aislamiento diminutas de 2 x 1,5 metros que no tienen agua
corriente, instalaciones sanitarias ni luz natural. Allí
viven totalmente desnudos, sobremedicados y duermen en camas de cemento
sin colchón. Se les proporciona una botella de
plástico cortada para comer y otra para orinar.
“El personal que allí trabaja nos
informó -relatan los visitantes- que esta
práctica se utiliza para
‘observación’ y que la ausencia de
vestimenta y colchón forma parte de un ‘criterio
médico y de cuidado’ por el riesgo de suicidio
mediante la utilización de alguno de estos
elementos”. El argumento es calificado como
“inverosímil” por el CELS, entre otras
cosas porque esa “observación”
sólo podría hacerse a través de una
mirilla ínfima en la puerta y no hay personal en el
área de las celdas de aislamiento. Los profesionales
entrevistados justificaron esta práctica como
“necesaria para la adecuada evaluación”
de los detenidos al ingresar. Pero en las visitas encontraron personas
que estaban en esas condiciones por períodos de hasta un
año, lo que fue reconocido por personal de la Unidad.

En las celdas comunes, con capacidad para seis personas, hallaron un
promedio de entre siete y once detenidos, muchos de ellos
“obligados a dormir sobre restos de colchones delgados y
sucios en el suelo, ubicados uno tras otro, casi sin espacio para
moverse”. La sobrepoblación está en el
orden del 50%. Cada celda cuenta con una letrina sin puertas para uso
común, y en una ni siquiera eso, por lo que se
repetía el uso de la botella de plástico.
“Pueden verse multitudes de cucarachas avanzando sobre las
paredes y puertas, tanto en las celdas de aislamiento como en las
celdas comunes. Un penetrante y desagradable olor está
siempre presente, producto de las condiciones de hacinamiento, de
encierro y de ausencia total de condiciones mínimas de
limpieza e higiene”.

También se observa una población importante con
problemas de drogadependencia, derivados allí desde
cárceles “para recibir tratamiento
adecuado”. No queda claro por qué el Servicio
Penitenciario considera que ése es un lugar para tratamiento
de adicciones, los empleados admiten que “la Unidad no cuenta
con recursos económicos ni personal capacitado en la
materia”, pero igualmente quedan internados durante
períodos prolongados. En algunos casos, profesionales de la
salud solicitaron trasladarlos a instituciones especializadas, pero los
pedidos no recibieron respuesta de los jueces intervinientes.

Denuncias de golpes, torturas y violaciones (en algunos casos los
observadores pudieron ver “gravísimos hematomas
sobre las espaldas y los torsos de algunos detenidos”)
completan un panorama que es innecesario seguir detallando. El informe
cita la abundante legislación internacional sobre
tratamiento de personas privadas de la libertad en general, y sobre
personas con padecimientos mentales en particular, y concluye:
“Es evidente que no existe práctica alguna en
salud que pueda realizarse en estas condiciones inhumanas de
existencia. Podemos asegurar incluso que las condiciones de existencia
descriptas son generadoras de enfermedad”.

Un panorama similar se extrae de la Unidad Psiquiátrica
Penal Nº 27 para mujeres en el Hospital Moyano,
según la investigación impulsada por las
organizaciones internacionales “Mental Disability Rights
Internacional” (MDRI) y “Human Rights
Wacht”, que el CELS consigna en su informe. Las conclusiones
fueron presentadas conjuntamente al Ministerio de Justicia en marzo de
2005.

Los locos y los
niños


Paralelas que se cruzan
“Según dice la gente/ cada cual a su modo nunca
miente…” asegura un estribillo clásico
de Jorge Fandermole. Incontables canciones, refranes, cuentos, hermanan
a “los locos y los niños” desde un
poético concepto de la inocencia, la posibilidad de
expresarse por fuera de las estructuras y pautas que comprimen la
conducta de los adultos “normales”.

Pero bajo el sino de la exclusión, la realidad muestra una
cara siniestra de ese paralelismo. No necesariamente por lo que digan,
sino por el sólo hecho de su existencia, los centros de
internación son para Victoria Martínez una forma
de tapar “la denuncia que enuncia la locura. De la misma
manera, -asocia la funcionaria- que se hace con los niños y
jóvenes cuyas condiciones de vida denuncian lo que pasa en
nuestro país, y la única respuesta que les da el
Estado es institucionalizarlos. Son problemáticas distintas,
que hasta ahora han tenido la misma respuesta: encerrarlos”.

Del seguimiento que La
Pulseada
viene realizando sobre la situación de
niños y adolescentes en condiciones de pobreza,
exclusión e institucionalización, resulta
imposible no ver las semejanzas, por ejemplo, entre las dificultades
que enfrentan, para su aplicación, la ley 13.298 de
Promoción Integral de los Derechos del Niño en la
provincia de Buenos Aires y la ley 448 de
desmanicomialización en la Ciudad Autónoma.

Hay demasiadas similitudes entre un instituto y un manicomio. El
teórico francés Michel Foucault llamaba
“instituciones totales”, a aquellas que absorben
todos los aspectos de la vida de una persona bajo el argumento de su
protección y tratamiento. Pero en la práctica
están para proteger a la sociedad de aquellos, y no al
revés.

Para comprobarlo, puede ensayarse una adivinanza: ¿De
quién hablamos si decimos que…?

* No producen
* Afean las calles y veredas céntricas, pudiendo molestar e
intimidar a los transeúntes
* La situación de pobreza alcanza para encerrarlos o
prolongar su encierro indefinidamente
* Son inimputables. En la práctica suele significar que, si
se ven involucrados en situaciones de delito, también quedan
encerrados sin plazo definido, hasta que un juez dictamine que
están listos para volver a la sociedad. Pero esto raras
veces ocurre.
* Las instituciones previstas para su alojamiento están
superpobladas, suelen tener una estructura carcelaria y ser fuente de
malos tratos.
* Para tratarlos, sobran políticas represivas y faltan
asistenciales.
* Distintos movimientos, organizaciones sociales y algunos espacios
dentro del mismo Estado vienen luchando desde hace años para
que el sistema cambie. Proponen un modelo que rompa con la
criminalización y judicialización de la
problemática, cuente con la privación de la
libertad sólo como último recurso, y se base en
la atención social permanente con dispositivos
descentralizados enclavados en la comunidad.
* En algunas provincias lograron sancionarse leyes avanzadas, a la
medida de estos postulados. Pero no siempre se aplican. Los intentos
reformadores chocan sistemáticamente con
ideologías, corporaciones e intereses económicos
enquistados.

Agréguese “locos” o
“niños” en situación de
pobreza, al principio de cada frase. Da lo mismo.

Alfredo Grande y Alfredo
Moffatt cuentan sus experiencias


EN LAS TRINCHERAS
Aunque la dictadura
obturó todos los espacios renovadores que se dieron en
Argentina desde los ’60, no dejaron de aflorar propuestas
alternativas: El Bancadero, una mutual solidaria que funciona desde
hace 22 años en el Once. ATICO, la única
cooperativa en salud mental de la Ciudad de Buenos Aires,
cumplió en mayo su vigésimo aniversario. Sus
referentes respectivos, Alfredo Moffatt y Alfredo Grande, hablan de
ellas y analizan el panorama actual en el campo de la salud mental.

A fines de la década del ’60, se dio una
transformación de las prácticas en salud mental,
a la par de la generalización de la atención
psicoanalítica, que situaba al sujeto -inmerso en
contradicciones y zonas oscuras- en el centro del análisis,
y lo enfrentaba con su propia historia. La búsqueda de un
nuevo sujeto social, tenía su correlato en nuevas
prácticas en salud mental. “Los ’70
fueron el gran auge de la salud mental unida a las utopías
revolucionarias”, rememora el psiquiatra y psicoanalista
Alfredo Grande, quien se asume heredero de aquella época.
Como alternativas a la vieja psiquiatría manicomial,
surgían experiencias de tratamiento comunitario de la
enfermedad mental, y cobraban auge los postulados renovadores de
Enrique Pichón Riviére, quien sentaba las bases
de la psicología social, orientada al trabajo grupal.
“Apareció un movimiento muy importante: Plataforma
Internacional, que acá tuvo su correlato al crearse APA
(Asociación Psicoanalítica Argentina)”,
cuenta Grande. “La antipsiquiatría, las
experiencias de Franco Basaglia; la Red Internacional de Alternativas
en Psiquiatría. Todo un movimiento fuertemente
antimanicomial”.

La herencia del Mayo Francés había significado un
cuestionamiento no solamente al manicomio, sino “a la
burocratización de la vida”. Se replanteaba la
existencia de las instituciones totales, aquellas que dan cuenta de la
totalidad de la vida de una persona y regulan su subjetividad:
“un convento, un manicomio, la cárcel, en
algún momento las fábricas. Frente a eso,
aparecía el estallido de las instituciones; Mayo del
’68; la lucha de la izquierda contra la
burocratización estalinista. Se argumentaba que en la URSS
la psiquiatría era un elemento de represión, y
que los disidentes eran vistos como locos. Se sumó todo, y
acá llegó, aunque muy amortiguado. En general, a
los manicomios nunca se les pudo ni siquiera hacer
cosquillas”.

Discípulo de Pichón Riviére, el
psicólogo Alfredo Moffatt asentó su
búsqueda en las comunidades terapéuticas, que
trabajaban en la resocialización del paciente, a
través de una serie de dispositivos interdisciplinarios.
“Hoy la salud mental empeoró. Hace 35
años era mucho mejor: había experiencias de
comunidad terapéutica” dice, y ensaya una posible
lista: el Centro Piloto, que coordinaba Wilbur Grimson en el Hospital
Estévez de Lomas de Zamora; la Peña Carlos
Gardel; el trabajo de Raúl Camino en Colonia Federal, Entre
Ríos. “Había psicodrama, congresos, y
todo se fue deteriorando: la función psicológica
y psiquiátrica hizo una involución”.

La irrupción de la dictadura en el ’76,
abortó un conglomerado de debates renovadores en salud
mental, que ponían en crisis la realidad opresiva de los
internados, y la noción misma de enfermedad. El trabajo
comunitario dentro de los hospicios quedó prohibido.
“La dictadura lo destruyó todo, en forma directa y
concreta. Uno no se podía reunir en la casa porque era
subversivo. Todas las estructuras solidarias fueron percibidas como
peligrosas”, recuerda Moffatt. “No me
podía ni acercar al Borda. Ahí dentro se
volvió a los fármacos, al electroshock. La
corriente de salud mental vinculada a una psiquiatría
dinámica, fue sustituida por una atención
psico-farmacológica. Se perdió la comunidad
terapéutica, y tras el regreso de la democracia no se pudo
recuperar”.

De aquellos años, Moffatt recuerda la respuesta del Director
del Borda, luego de haberle peguntado por qué pasaban por
los parlantes la Novena Sinfonía de Beethoven, en vez de un
chamamé o un valsecito criollo: “lo que pasa es
que el arte es universal”, respondió el
funcionario, y Moffatt atinó a no contestar. “Todo
está pensado para agredirlos -entiende Moffatt-. Es un saber
autoritario y estúpido: sabrían de la Novena
Sinfonía por haber leído algo en el diario, no
porque conocieran otras”.

Tras la Guerra de Malvinas, se organizó el que
sería símbolo de su trabajo
terapéutico: la mutual El Bancadero, una práctica
autogestiva basada en grupos operativos para psicóticos y
gente de la calle del Once. Una experiencia multitudinaria,
caótica y liberadora en la calle Gascón al 265,
que fue el interludio para su regreso al Borda pasados los
’80, con la Peña Cooperanza, una de las semillas
de Radio La Colifata. “Seguimos todavía peleando
ahí, en la barriga del monstruo -dice-. Hemos demostrado que
la gente se puede agrupar: organizar una asamblea, hacer arte y
música con los grupos de terapia, a los que llamamos
‘mateadas’ para darle una forma criolla. Los que
están adentro del manicomio son de origen popular”.

En 1986, Alfredo Grande y otros colegas se asociaron y fundaron ATICO,
la única Cooperativa de trabajo en salud mental que existe
hoy en la Ciudad de Buenos Aires. Posee profesionales en distintas
disciplinas (psicólogos, psiquiatras, psicopedagogos) y
veinte años después, apuntan a tejer un lazo
más firme con la comunidad. Consideran que el
psicoanálisis abandonó su incidencia social, y
dejó el camino libre a enfoques biologicistas, que niegan la
problemática cultural y política que esconde toda
enfermedad mental. “Ése es uno de los
coágulos del psicoanálisis en la Argentina:
quedar firmemente asociado primero a la práctica
asistencial; después a la práctica asistencial
individual; después a la práctica asistencial
individual, pero para sectores de medianos y altos ingresos, y
así seguimos sumando. Ese psicoanálisis tiende a
desaparecer, o a enquistarse en pequeños countries
teóricos y marginales”, explica Grande.
Alfredo Grande opone un psicoanálisis de palacio, a otro de
la plaza. “En la obra de Freud están los dos.
Todos abrevamos en lo mismo, pero a algunos el palacio les gusta mucho,
y otros optamos por la plaza, la militancia social, el cooperativismo,
donde el psicoanálisis pasa a ser la única -y
esto lo defiendo en cualquier debate- herramienta teórica y
política que permite entender al sujeto, cómo se
organiza su pensamiento, y cuáles son los actos que
está en condiciones de realizar y cuáles
no”.

Adiós al
proceso grupal

¿Cómo generar una nueva práctica en
salud mental, nuevas formas de concebir al sujeto, cuando la sociedad
se vuelve injusta e individualista? Con el menemismo, el auge
neoliberal continuó y afianzó la
privatización de áreas clave de la
economía y la concentración de mercados. Frente
al avance desregulador, la salud mental no quedó al margen.
Durante de los ’90 se reprodujo el gran negocio:
“las grandes empresas argentinas de salud, como AMSA, se
vendieron a empresas extranjeras por muchísimo dinero, y eso
fue desnacionalizando incluso a las empresas privadas”,
describe Alfredo Grande. Al fragmentarse el Estado, el sistema de salud
quedó a merced de las prestatarias, que
usufructúan los beneficios de la falta de
políticas preventivas: “Hoy, además del
Estado se meten tantos, que son políticas mixtas: en cada
momento hacen prevalecer su interés sectorial: ganan una
licitación, un contrato, una concesión, y
ahí hacen sus negocios. No hay mucha distancia entre una
clínica privada y estos grupos”.

La injerencia de las prestatarias privadas, vuelven inviable un sistema
de salud planificado, por fuera de la pared manicomial. “Es
imposible asociar una política racional de
prevención y atención, con el afán
desmedido de lucro de los capitalistas de la salud. Tienen nombre y
apellido, muchas son trasnacionales. Cuando el lucro es la
razón de la vida, todo se distorsiona, porque hay mucho
más lucro en internación que en ambulatorio.
Cuanto más compleja es la práctica,
más valor agregado. Para un paciente internado se lucra con
la lavandería, los medicamentos, los
descartables”, enumera Grande. A la par, para
patologías no agudas, se multiplican los consultorios
particulares como pequeñas islas. El actual panorama es
contrario a la intervención de una psiquiatría
renovadora. “La psiquiatría se
deterioró, como el país. Ya la
desocupación es un factor de enfermedad muy grave,
especialmente para los jóvenes. Hay bolsones que pueden
perpetuarse como experiencias colectivas, hasta tanto no haya un cambio
total del sistema de salud”, acota Moffatt.

Ello, en parte, llevó a lo que Enrique Carpintero, en su
libro “Las huellas de la memoria”, describe como la
hegemonía de un “pensamiento neopositivista
psicofarmacológico”: el auge de tratamientos con
pastillas que prometen la cura instantánea y dan letra a los
que pretenden invalidar la vigencia del psicoanálisis.
“Se ha hecho una sociedad de empastillados -resume Moffatt-.
El abuelo está un poco nervioso y se lo medica. No trata a
la persona como lo que es: una identidad existente en la corporalidad,
un sujeto histórico que fabrica su propio destino. Hay un
estilo veterinario: a los animales no se les habla, se los medica.
Nadie se le pregunta a un caballo si su madre fue una buena yegua. Se
lo medica y chau”.

Profesionales enfermos
La fragmentación del tejido social y la
pauperización laboral atraviesa el desempeño de
los profesionales de la salud. “Hay sufrimiento -analiza
Grande-. El 70 y 80 por ciento es personal no rentado. Evidentemente lo
que sale un medicamento hoy, pueden ser 5 ó 6 consultas. Esa
promesa, ‘si trabajás gratis, llenás tu
consultorio y podés cobrar’, ya no existe. Al
romperse ese pacto, hay mayor sufrimiento,
alienación”.

El profesional se vuelve la piedra de toque del negocio de la salud:
sobre él recaen extenuantes jornadas de trabajo, en
condiciones inadecuadas, y la desvalorización de su tarea se
transforma en despersonalización, en una angustia
permanente. “Termina parapetado en un consultorio, atendiendo
cientos de miles de esquizofrénicos o
depresiones”, dice Grande. En forma paradójica,
ello dio lugar a una nueva patología: el
“síndrome del quemado”, o burn-out, que
es presentado como “un estado de estrés
crónico, por sobrecarga de actividad, originado en las
exigencias desmedidas en el ámbito laboral, que ataca a
trabajadores en contacto permanente con las necesidades y sufrimientos
de otras personas”.

“Ahora se podría hablar del lumpen-profesional,
que se auto-explota para poder vivir”, confronta Alfredo
Grande: “El capitalismo es tan hábil, que en vez
de hablar del lumpen-profesional, te habla de burn-out. Hay escalas de
burn-out, especialistas en burn-out. Yo siempre digo que la ciencia
capitalista transforma en especialidad todas las contradicciones: ahora
hay especialistas en emergencias, en catástrofes, no en
impedirlas. Desaparece la idea de prevención”.

Alfredo Grande, sin embargo, sostiene que la lógica
cooperativa hace la diferencia: “En las cooperativas de
trabajo no hay burn-out: la salud del profesional es tan importante
como la del paciente. Un paciente no puede ser atendido bien por un
profesional que esté mal, o súper explotado, que
sabe que cuando cobra diez pesos, el dueño se queda con
treinta. Los profesionales de la salud tienen cerca de 15 pacientes, o
tres guardias por semana: son situaciones sumamente
patogénicas”.

Más
allá del diván, la realidad

La irrupción de los psicofármacos como
solución “milagrosa” a
patologías emergentes en un contexto social, fue de la mano
con un replanteo de la terapia psicoanalítica en la
actualidad. “Yo nunca me psicoanalicé”,
declaró el pasado domingo 7 de mayo Sophie Freud, nieta del
creador del psicoanálisis, a La Nación. El tema
del informe del suplemento “Enfoques” -la vigencia
de los postulados de Sigmund Freud- fue una excusa retórica
para sostener una premisa tácita, afín a las
terapias farmacológicas: el psicoanálisis, como
terapia basada en la palabra, a la vez que como sistema de
análisis crítico de la cultura, no responde a las
dolencias “urgentes” de esta época.

Desde una mirada opuesta a quienes parecieran querer decretar la muerte
del psicoanálisis, tanto Moffatt como Alfredo Grande
coinciden en que es “muy reduccionista en lo
asistencial-lacaniano”, y que debería replantear
sus grados de intervención en la realidad. “En la
Facultad de Psicología de la UBA no hay ni una materia sobre
chicos de la calle, violencia urbana o drogadicción. No hay
técnicas en psicodrama, que son fundamentales en las crisis;
no hay comunidad terapéutica”, repasa Moffatt.

El creador de El Bancadero se reconoce asombrado ante un
fenómeno que había creído pasajero: en
el análisis, se afianzó “la
sustitución de la persona, por sus enunciados. Ya lo
hacía el psicoanalista, pero el lacaniano exagera. Da
vueltas y vueltas sobre lo que dijo el paciente, y descompone cada una
de sus frases. Hay casos patéticos: en una sesión
de análisis, un paciente contó: ‘tengo
un hermano desaparecido’, y el analista dijo:
‘des-aparecido, que apareció
acá’. Otro: un paciente le regaló un
cenicero a un psicoanalista lacaniano, pero éste lo
rechazó, porque aseguró que le estaba diciendo
‘ce-ni-cero’, o sea, ‘no seas ni siquiera
cero’”.
Alfredo Grande recuerda cuando hace unos años fue supervisor
en el Hospital Infanto-Juvenil Tobar García. “Los
que tenían una formación más ortodoxa,
freudiano-lacaniana, eran enemigos de la prevención.
Esperaban que llegara el paciente. Pero incluso, éste
tenía que tener una problemática muy sofisticada
para que le dieran bolilla. La famosa frase era: ‘no hay
demanda’. En realidad, ellos no sabían escucharla.
Pensaban solamente en la clase media”, establece. En los
CESAC (Centros de Salud y Atención Comunitaria) de Capital,
en los que confluyen psiquiatras y psicólogos, “lo
comunitario asoma un poco la cabeza. Yo estuve supervisando el CESAC de
Villa Lugano. Había profesionales que tenían una
vocación por salir a la comunidad, y otros que no, estaban
parapetados en su consultorio como si fuera Villa Freud”.

Moffatt se define como un pesimista esperanzado. Entiende que es vital
reconfigurar algunas de las líneas de trabajo de los
’60 y ’70, en que la locura dejaba de verse como un
sino individual y se discutía su origen social, para
reconstruir una forma comunitaria de encarar la salud mental:
“Las sociedades son sanas cuando son comunitarias. La
comunidad terapéutica más interesante que vi, en
Federal, Entre Ríos, funcionaba en el viejo edificio de un
cuartel. Hay que ganar espacios: hasta que no se rescate
eso...”, dice. El Bancadero, y su hermano menor, Bancapibes,
permanecen activos. Con menor intensidad que antes, pero vivos:
“El Bancadero es ahora más chiquito, porque lo
comunitario no vende. No se vende lo solidario; se vende la
negación de la realidad. Yo vendo algo que no se compra:
cómo enfrentar la realidad y tratar de curarla”.
Patricio Féminis

La aventura del Bancadero

Por Alfredo Moffat *
El proyecto era delirante, loco, pero junté gente, la
entusiasmé y buscamos una casa. Encontramos un lugar
abandonado, que se había usado como depósito,
conventillo y antes un prostíbulo de Ruggierito, el ladero
del caudillo Barceló de Avellaneda. El personal era gente
que yo había preparado en un curso seis meses de Auxilio en
Crisis, y menos podíamos pedir habilitación de
Salud Pública, ni nada.
Tuve dos ayudas importantes: una era la casa que destruida, podrida y
todo, era hermosa. Y la otra fue que, por esos días
salió a doble página en Clarín del
domingo un artículo de María Esther Giglio, que
había sido paciente mía, titulado "Curaos los
unos a los otros" , un domingo a doble página en
Clarín, hablando del Bancadero. El lunes había
más de cuarenta personas afuera, esperando para entrar. Nos
miramos desesperados, preguntándonos que hacer. Por fin los
hicimos pasar, nos sentamos todos en el suelo e hicimos una
reunión. En el hospicio había trabajado mucho con
laborterapia, entonces propuse que cada grupo con su asistente
terapéutico arreglara su lugar.

La gente se enganchó. La jornada se dividía en
una primera etapa arreglando la habitación que el grupo
terapéutico iba a utilizar (la gente traía
cemento, pintura, cables), y una última hora en la que se
elaboraban las ansiedades y logros que había generado la
tarea. Cuando terminábamos cada pieza, hacíamos
una gran fiesta. La reparación psicológica fue
bárbara y nosotros arreglamos la casa. Fue una obra de amor
comunitario. Por ejemplo, la cañería de agua se
fue haciendo a medida que íbamos encontrando pedazos de
caño y lo llamábamos a un vecino que
venía y lo soldaba a lo anterior. También estaba
"Jorge Luz", del equipo, que lo llamábamos así
porque iba haciendo la instalación eléctrica con
pedazos de cables añadidos. Cuando la reparación
terminó, disminuyó el potencial
terapéutico. Quería destruir todo de nuevo.

Empezamos con grupos operativos, sólo de
contención. En vez de "terapeuta" y "paciente" (que
corresponde a un modelo clínico), decíamos
"asistente" y "asistido", que corresponde a un modelo más
comprometido, más vivencial. En el Banca, se trabajaba con
toda seriedad, lo que pasa es que a la psicología oficial,
evidentemente, esto le daba una patada en el hígado.
Nosotros no respetábamos todo ese ritual almidonado, de
pobreza operativa en las crisis, ese mundo del encuadre ritualizado. El
Semillero, que era el curso de ingreso no era joda. Y los talleres de
psicodrama que hacíamos de sábado y domingo eran
muy intensivos. Pero la terapia estaba atravesada por el humor, el
arte, la trasgresión, la informalidad. Los carnavales del
Bancadero eran ocasión de juegos psicodramáticos,
se decía: “Vení a bailar desde tu
fantasma preferido”. En los grandes patios, más de
300 personas honraban la fiesta del disfraz, el baile y la
alegría. Esto fue malignamente esgrimido por la ortodoxia
como falta de seriedad terapéutica, porque los pacientes, en
vez de sufrir, se divertían. Enrique Pichón
Rivière decía que hay sólo dos cosas
que desarman a la locura y la paranoia: el amor y el humor.

Por el Bancadero han pasado cerca de 35 mil personas, en 20
años. Era una clase media en desgracia, gente asustada que
había tenido algún contacto con las
represión. Teníamos también el
Bancapibes, toda la guachada de Once, pibes bravos, con algunos
conflictos que por ahí empezaban a putear, pero sin
demasiados problemas. Llegó a haber diez, quince grupos en
funcionamiento con dos o tres turnos por día. Así
todo siguió bien unos dos o tres años, con mucho
entusiasmo. Después fue decayendo, porque el país
entero fue cayendo, y a los cinco años, con menos grupos
funcionando, ya no hacíamos los carnavales como antes;
había empezado, podríamos decir, la crisis social
de aislamiento, de empobrecimiento y de individualismo.

Al final nos sacaron la casa para construir una torre de departamentos.
Entonces nos alojó Adolfo Pérez Esquivel en la
calle México. Después compramos un departamentito
y ahora estamos frente al Shopping Abasto.

* 1982, finales de la
dictadura y de la guerra de Malvinas. “La gente estaba hecha
mierda”, recuerda Alfredo Moffat, que presentaba su libro
“Terapia de crisis” cuando su colega Ernesto Warnes
sentenció: "Acá el bancaje es importante, hay que
hacer un centro alternativo, cooperativo...". Recordó la
frase tiempo después “y le tomé lo de
bancaje, que me llevó a Bancadero. Lloradero hubiera sido
muy deprimente, aunque lo era, pero también un broncadero,
que son las dos catarsis que la gente tiene que hacer”.
Alfredo Moffat es el fundador del Bancadero.

ATICO: Psicoanalistas
asociados

“Fue la
primera y última vez que firmé una
resolución de personería jurídica de
una cooperativa de este tipo”, contó el dirigente
socialista Héctor Polino, en su intervención en
las jornadas de conmemoración de los veinte años
de la Cooperativa ATICO, en el Centro Cultural de la
Cooperación, en mayo último. El comentario de
Polino, quien en los ’80 era Secretario en Acción
Cooperativa de la Nación, sirvió como disparador
para analizar por qué el cooperativismo no
prendió entre otros profesionales y propuestas en salud
mental. “En Salud Mental hay fundaciones, asociaciones
civiles sin fines de lucro, y sociedades anónimas. En esas
tres figuras jurídicas está el 99 por ciento de
todas las instituciones de Buenos Aires. El profesional en salud mental
tiene un resabio individualista, clasista, que no se puede sacar de
encima”
, considera Alfredo Grande.

ATICO integra el Consejo de Administración de FAESS
(Federación Argentina de Entidades Solidarias de Salud),
coordina acciones con la Consultoría de la
Defensoría del Niño, el Menor y la Familia, y
posee una pequeña inserción comunitaria en el
Centro de Gestión y Participación (CGP)
N° 14 Oeste, de Belgrano. “Hemos tenido algunos
convenios con prepagas y obras sociales, pero tratamos de huir de
ellos. Es más perversión de la
necesaria”, dice Grande.
El hecho de que cada asociado sea dueño de la Cooperativa,
asegura, además del compromiso de los profesionales redefine
la relación con los pacientes. “Esa distancia que
pone el psicólogo se modifica. Los pacientes vienen
saturados de culpas, tanto por lo que creían que
debían ser, o por lo que son. La depresión remite
a la culpa. En una cooperativa, se puede plantear
explícitamente el problema”.

El Congreso de Salud
Mental y Derechos Humanos


Locos como sus Madres
Parábolas de
la historia: las mismas mujeres que hace 30 años eran
estigmatizadas como “locas” por la dictadura,
propician hoy un Congreso permanente de Salud Mental con prestigio
internacional, y un Movimiento de Desmanicomialización que
gana fuerza y proyección en todo el país.

“Ellas estaban locas por pedir aparición con vida
en un momento donde el sistema imponía la muerte. El pedir y
luchar por la vida, por la capacidad de invención, de
creación, de la construcción de
política revolucionaria, eso era la locura. Y la normalidad
era asesinar, eliminar, exterminar, alienar, torturar, robar,
apropiarse de las criaturas. Esa forma de definir la locura y la
normalidad, que con tanta ostentación, impunidad y claridad
pretendieron poner en uso con nuestras madres los genocidas,
continúa vigente en otros planos”, dice Gregorio
Kazi, principal referente del Congreso Internacional de Salud Mental y
Derechos Humanos que prepara su 5ta. edición para octubre.

El Congreso nació hace cinco años en la
Universidad Popular de Madres de Plaza de Mayo, y no para de crecer
desde entonces: “Hay chicos que vinieron cuando eran
estudiantes”, cuenta Margarita Pérez,
“hoy son profesionales y se formaron dentro de esta manera de
abordar la salud. Fue un trabajo realmente sólido y
sostenido, muy firme lo ideológico, lo transformador, la
búsqueda de intercambios”. Al principio no era
fácil, dice. “Es verdad que las Madres son
convocantes, pero son convocantes ahora. Si todos los que se acercaron
con los 30 años del golpe se hubieran acercado cuando se
cumplieron diez…”.

El Congreso empezó sobre la idea, explica Kazi, de
“la articulación entre dos campos: la academia
‘formal’ y los derechos humanos, que
están mayoritariamente escindidos por una
formación de los trabajadores o agentes de salud en la
adaptación pasiva a la realidad tal cual está
dada, a los encuadramientos entre qué es lo que es sano y
qué es enfermo según la capacidad de
productividad, eficacia o alineación del sistema de
producción o relaciones sociales. Suponer que la salud es
encuadrable bajo los cánones de buen comportamiento en el
sistema capitalista, para nosotros es fuente de padecimientos, no
sólo individuales, si no también vinculantes,
grupales, sociales, institucionales. Fuimos construyendo colectivamente
categorías y desarrollos que vinculan la salud mental con la
capacidad de transformación, insurgencia,
rebeldía. Y la capacidad de esos colectivos de
transformación social histórica de construir
formas, no digo de legalidad, pero sí de legitimidad por
conquistar nuevas vidas y nuevos mundos”.
En su 4ta. edición, de noviembre del año pasado,
el Congreso recibió a más de 4 mil asistentes que
desbordaron la capacidad de la Universidad, obligando a trasladar
algunas conferencias a la plaza. Se presentaron 440 ponencias y mesas
de debate con la participación de Eduardo
“Tato” Pavlosky, Fernando Ulloa, Silvia Bleichmar,
Gregorio Baremblitt y Paulo Amarante, entre otros importantes
referentes del área. Pero además, en consecuencia
con sus postulados, el Congreso no sólo abre espacios para
la expresión y el intercambio entre profesionales,
estudiantes y trabajadores de la salud. “Se reúne
lo académico -cuenta Margarita Pérez-, con los
movimientos populares, construcciones que se realizan en los barrios.
Vienen, dan cuenta de sus recorridos y articulan prácticas,
pero en serio. No se trata de los académicos diciendo
qué hacen los movimientos; se trabaja con la consigna de
‘pensar en lo que hacemos para hacer lo que
pensamos’, y en términos de
organización y construcción social los
movimientos también tienen mucho que enseñarles a
los profesionales”.

En este espacio, los “enfermos” también
tienen la palabra. En la plaza se montó una Radio Abierta
por la que pasaron La Colifata (histórica radio hecha por
internos del Borda) y sus equivalentes Radio Nicosia de Barcelona,
Radio Papo Cabeca de Brasil y Radio Vilar de Voz de Uruguay. La
actividad no se limita a las jornadas masivas del Congreso, sino que se
mantiene durante todo el año. Los talleres con
organizaciones sociales se realizan cada 15 o 20 días.
También se hacen encuentros con profesionales y trabajadores
de la salud, personas internadas, externadas y sus familiares. Otro
proyecto en desarrollo es un Centro de información legal
para familiares y pacientes. El 5to. Congreso será del 16 al
19 de noviembre, junto a un Foro internacional de Salud Mental y
Derechos Humanos que espera seguir aumentando la convocatoria.

En el marco del Congreso nació el “Movimiento
Social de Desmanicomialización y Transformación
Institucional” que hoy es la referencia nacional
más importante en el tema, y tiene la
implementación de la Ley 448 de Buenos Aires entre sus
principales reivindicaciones. El 18 de mayo pasado realizaron junto a
las Madres un acto en Plaza de Mayo con familiares e integrantes del
Frente de Artistas del Borda. Lorenzo Quinteros (que tuvo en el
psiquiatra de “Hombre al mirando al Sudeste” una de
sus mejores actuaciones en la pantalla grande), Héctor
Bidonde y Liliana Daunes se acercaron para leer ante la concurrencia
varios poemas de los talleristas. Después pasaron Pablo
Morales, Fernando Aquino y “Trinity”, artistas del
Borda, a leer sus propios poemas. Finalmente tomó el
micrófono Gregorio Kazi.
“Los compañeros están diciendo no al
estigma de la locura y sí a la ciudadanía, dijo
para la plaza de locos y locas. “Demuestran que son sujetos
que, como todos nosotros, tienen padecimientos, porque todos somos
diferentes y, como dicen en Brasil, de cerca nadie es normal. Pero
todos tenemos la capacidad de diferir, de disentir, de transformar y de
luchar, y los compañeros internados tienen esa
característica. Pero son compañeros, son sujetos
de la transformación que evidentemente sufren, y el
movimiento dice: sí, claro que es necesaria la
atención. Pero no esa atención perversa de
hospitales públicos y privados que vigilan, castigan,
controlan, excluyen, aíslan. En nombre de la
socialización, lo que implementan es el individualismo, en
nombre de la palabra se veda la palabra y el silencio nuevamente es
salud”.

“Este movimiento no va al cierre del hospital
público; al contrario. Este movimiento dice: es posible una
atención vinculada a un proyecto político
revolucionario, donde se le dé el lugar de sujeto
histórico-social al otro, atendiéndolo
pública, gratuitamente y con dispositivos sustitutivos de
estas verdaderas instituciones de secuestro donde también,
no casualmente, las Madres fueron a buscar sus hijos desaparecidos. No
es explicable un manicomio sino en el contexto de la sociedad en que se
desarrolla. Nos damos estratégicamente como lucha
revolucionaria, política, insurgente, inventiva, creativa,
incluso democrático-participativa directa, la posibilidad de
transformar esos manicomios como uno de los pasos hacia la
transformación estructural de nuestra sociedad”.
Pablo Antonini

Fotos: Gentileza Area de
Prensa y Audiovisual Madres de Plaza de Mayo

Alberto
Sava, director del Frente de Artistas del Borda

“EL MANICOMIO
ES COMO UN CAMPO DE CONCENTRACIÓN”
Alberto Sava es artista,
psicólogo social y máximo referente de un
movimiento precursor en Argentina. El Frente de Artistas del Borda
(F.A.B.) nace hace 20 años con la idea de que el arte puede
mejorar o reestructurar las instituciones psiquiátricas. Su
trabajo se divide en nueve talleres: Marionetas, Teatro,
Plástica, Mimo, Música, Letras,
Fotografía, Periodismo y el taller conceptual de
Desmanicomialización.

-¿Cómo funcionan los talleres?
-Cada taller tiene un encargado de coordinación; nosotros a
cada paciente lo llamamos tallerista. Cada encargado da todas las
técnicas y los conceptos de esa disciplina hasta llegar a
una producción. Nuestro objetivo es que esa
producción se tenga que mostrar afuera. Hemos dado funciones
en muchos lados que muestran no sólo la capacidad
artística que tienen las personas internadas en institutos
neuropsiquiátricos sino que además se genera todo
un espacio de debate y discusión sobre el tema de la
manicomialización.

-¿Cuál es la importancia central del arte como
acción terapeútica?
-El manicomio es como un campo de concentración, porque lo
que hace es obturar toda la capacidad de pensar y de sentir que tiene
una persona que está internada. El arte lo que hace es
recuperar esa capacidad de ser nuevamente persona, de recuperar los
deseos, la pasión y los proyectos de vida de dentro del
hospital, que de otra manera no tendrían. Esto va de un
mejoramiento físico-psíquico a un mejoramiento
integral como persona, y entra en un proceso creador en un campo grupal
hasta llegar a una producción. Cuando esa
producción se muestra, nosotros pensamos que se cumple un
ciclo con varios efectos: uno personal que ya vimos, uno institucional,
ya que hay poca salida de lo que pasa dentro del hospital, entonces en
el momento que sale esa persona puede enunciar lo que le pasa adentro.
Y en lo social hay otro efecto importante, ya que el imaginario
colectivo con respecto a la locura es muy siniestro, entonces la
persona que está en contacto con el Frente de Artistas del
Borda dice “bueno si esta persona pueda hacer lo que hace,
por qué tiene que estar adentro”.

-Veinte años después de aquella ola de
desmanicomializacion en los ’70,
¿cuáles son los resultados visibles?
-En Argentina ya se han cerrado dos manicomios, en Río Negro
y en San Luis. La ciudad de Buenos Aires tienen una ley de Salud Mental
que está en camino a eso. Esta experiencia, que
empezó en Italia en los ´70 y que
repicó en varias partes del mundo, está abriendo
un nuevo espacio para entender el tratamiento del sufrimiento mental
que no es el encierro, y menos en condiciones violatorias de todos los
derechos humanos. Hasta la Organización Mundial de la Salud
dijo en 1990, en un congreso en Latinoamerica, que los gobiernos deben
rever la existencia de los manicomios.

-¿Qué obstáculos ve en el proceso?
-Varios. Hay una corporación ideológica de una
línea de psiquiatras que quiere seguir con estas
instituciones. También hay cuestiones económicas,
ya que a los laboratorios les conviene que los manicomios sigan
existiendo. Y está el fenómeno de la
privatización de ciertos sectores de los hospitales que
tampoco quieren que se cierren.

-¿Cómo definiría a la locura?
-Es un desequilibrio psíquico-físico, una
alteración del pensar, del sentir y del hacer de esa
persona, que muchas veces es por las condiciones políticas y
sociales en las que vive. Hay un sistema que aliena y que hace a las
personas propensas a sufrir estas alteraciones. La locura implica un
estado emocional distinto, que no se debe tratar con el encierro sino
con un tratamientos ambulatorios de corto tiempo.
Entrevista realizada en el programa Clase Turista
(Radio Estación Sur 91.7)

“Teatro de
Rehabilitación” en Melchor Romero


EL ARTE DE LO POSIBLE
Hace tres
años que no logran poner una obra en cartel, pero el grupo
coordinado desde hace dos décadas por Polo Lofeudo, insiste.
Crónica de un rincón sin muros ni chalecos de
fuerza, con la voluntad como motor y las tablas como terapia.

Un ensordecedor torbellino de motores y muchedumbre envuelve la 520. La
gente cruza inorgánica la calle, esquivando autos y micros
impacientes. Entre puestos callejeros de ropa, discos y billouterie
barata, un pibe de no más de 10 años fuma con la
mirada torva al lado de un tipo de barba larga y canosa, que escucha a
una mujer contenta porque al fin van a internar a su hijo:
“Ya nos tiene hartos ese chico, Don, no lo podemos
controlar”. El lamento se pierde bajo el escape libre de una
moto.

Un guarda vestido de gris y una garita con una larga tranquera
conforman el frente del Neuropsiquiátrico de Melchor Romero.
Detrás, anchos corredores asfaltados hacen un interminable
zigzag entre amplios canteros de pasto cortado y pinos muy altos.
Aparecen los primeros pabellones, que seguirán hasta
perderse de vista con más canteros y más
corredores. A pocos metros de la entrada, hay un edificio con las
ventanas tapiadas que el sol matutino va envolviendo de a poco,
desnudando sus grietas de humedad. Sentados afuera, en una
pequeña verja y apoyados en el musgo verduzco de la pared,
dos sujetos con los pantalones rotos tosen y se desperezan, mirando
impacientes y en silencio hacia algún lugar. Lo
único que se escucha son los pájaros.

Tres perros con sarna se rascan frenéticamente y buscan
calor humano en la mañana que, a pesar del sol despejado,
sigue siendo fría. Raúl los aparta con un grito,
mientras se acomoda la gorra vasca y se rasca el bigote. A su lado, el
tucumano Néstor se acurruca en su saco enorme y fuma ahora
el filtro de su cigarrillo. A unos pocos metros viene Zalazar, luchando
con sus muletas, con una gorra verde del sindicato de camioneros. Pasa
otro interno silbando, con un pullover con las mangas más
largas que sus brazos, y mira con desdén hacia el
rincón donde se escucha el ruido de una puerta.
“Polo”, dice muy bajo Raúl y
sonríe. Desde adentro aparece un tipo canoso, de gorra y
bufanda, con una bolsa de arpillera colgando del hombro y cargando a
duras penas una mesa de madera con una máquina de escribir
envuelta en un paño negro. Detrás viene la Japo,
con el mate listo y una pava humeante, quemada y abollada , con una
manzana adentro para endulzar el agua. Raúl y
Néstor se paran, traen de adentro sillas de
plástico y las distribuyen en círculo sobre el
pasto, mientras Polo se instala en el centro, quita el paño
de la Olivetti, saca de su bolsa pan y cigarrillos y reparte.
Una enfermera se acerca con Susana en la silla de ruedas. Se la dejo,
Don Polo. Desde un pabellón del fondo viene Pedro, el
filósofo, con las mejillas más coloradas que de
costumbre. En el camino se cruza con Marta, que camina con dificultad y
lleva un chal sobre la cabeza. “¿Te pelaron? No,
me agarré piojos; piojos me agarré”,
balbucea con un solo diente en la encía inferior.
La Japo distribuye los primeros mates en la ronda, Néstor
devora su pan y Polo gira la rueda de la máquina acomodando
una oficio a medio escribir mientras se calza los anteojos.
Raúl se para y le ofrece su silla a Marta, luego trae una
para él, una para el filósofo y otra para el
paraguayo Félix Melgarejo que llega cantando algo en
guaraní con el cigarrillo encendido en la boca.
“Todos los días reviso los libretos, trato de
agilizarlos cada vez más, y lo hago siempre con ellos. Para
los internos no hay domingos ni feriados,
¿viste?”. Son ellos mismos los que se encargan de
difundir entre sus compañeros el taller de teatro, aunque
Zalazar aclara: “Los que estamos en la misma sala tenemos que
venir por turnos, para que los enfermeros no se den cuenta”.

Polo Lofeudo va a cumplir 75 años y está en el
Hospital desde 1937, cuando ingresó como administrativo.
Lleva 25 años trabajando con el teatro en La Plata y desde
la vuelta de la democracia que se hace cargo del “Teatro de
Rehabilitación” del Neuropsiquiátrico
de Melchor Romero.
El viejo edificio húmedo nació en 1884 con la
fundación del Hospital. Su primer director, Alejandro Korn,
proyectaba allí películas mudas y representaba
pequeñas obras para los internos y empleados.
Todavía se conservan viejos proyectores sin foco y cuelga
arriba del escenario una parrilla vacía de luces.
“Yo acá trabajo con los que puedo rescatar
intelectualmente para que representen al hospital. Entonces, el
público extra hospitalario puede ver el grado de
rehabilitación que a través del arte
escénico alcanzaron los pacientes”. Aunque esa
representación hace tres años se ve postergada:
de las obras en Chascomús, el Colegio de Abogados y el
Coliseo Podestá sólo quedan las fotos y los
recuerdos. Pero Polo sigue, apasionado, entonando la música
de sus obras, ensayando algunos personajes y dando pautas sobre la
puesta en escena: “Lo que se cae tiene que hacerlo sin ruido,
por eso trabajo con goma espuma. Si no se pierde lo tétrico
del efecto. Para eso están las grabaciones de vientos y
truenos”.
La oscuridad invade los 10 metros por 50 del viejo galpón;
todas las ventanas están cerradas con candados oxidados y
tienen barretas de hierro que las cruzan desde afuera. “Si
este año no sale nada, me parece que cuelgo los
botines”, asegura Polo, mirando el celeste acuoso que
baña las paredes.

La manzana dura poco flotando en el agua. Marta, sin que nadie la vea,
la ha sacado y se la está comiendo. Raúl se
ríe, antes de estornudar al piso y limpiarse la nariz con
los dedos. Polo se enoja: “¡Que seas loco no
justifica que seas sucio!”. Por los corredores pasan tipos de
traje y maletín, alguna monja, empleados con camisas de
grafa caqui y varios internos hacia los pabellones.
“Yo no soy ni enfermero, ni psicólogo, ni
psiquiatra ni nada de nada”, arremete drástico
Polo después de sorber un mate. “Desde que
inventaron al psicólogo, el loco es más loco que
nunca, el tipo empieza a hurgar en la intimidad del paciente y
ahí aparecen los pudores. Acá vienen:
¿cómo te llamás? ¿De
qué sala sos? Listo. Y entonces lo dejo, porque si lo
apretás es peor”.
El sol ya atempera la fría brisa de invierno y Pedro trata
de dormitarse con los cálidos rayos. Mientras Polo reparte
otra ronda de cigarrillos, llega el Gallego tomando del brazo a
Chávez. Articulando cada palabra muy lentamente, Pedro hace
gala de su epíteto: “La sala es la antesala del
Infierno. Es la anti-psicoterapia, la anti-psiquiatría, la
anti-todo. Acá tenemos un rincón donde podemos
expresarnos con total libertad. Éste es nuestro
pequeño refugio”.
Sillas para los recién llegados, esta vez a cargo de la
Japo, que no va a decir una sola palabra durante toda la
mañana. Sólo cebará mate con el porte
oriental imperturbable. Chávez explica: “Ayer no
pude venir porque estuve indispuesto”. Polo bromea a los
gritos: “¿Indispuesto? Qué,
¿te agarró el período?”.
Chávez tiene un abultado bigote prolijamente recortado, a
pesar de ser ciego. Su lazarillo es un interno que consiguió
el alta definitiva y está en su casa con continencia
familiar. “En el teatro aprendí infinidad de
cosas, por eso sigo viniendo. En este hospital te curan o te matan, es
la cruda realidad. Hay muchos que se rehabilitaron y muchos que
están con la cabeza destrozada”, dice el Gallego,
frotándose los dedos por los pocos pelos que le quedan.
La mayoría tiene familia, pero todos se quejan de que nunca
los vienen a visitar. “Nos tienen acá como
material descartable”, se lamenta Raúl.
“O los visitan por compromiso, se quedan 15 minutos, les
tiran 10 pesos y se los sacan de encima. ¡Así son
las visitas acá!”. Polo se exaspera y ejemplifica
con Chávez: “Su familia viene cada seis meses, le
trae un paquete de cigarrillos, uno de galletitas y uno de yerba. Y,
según él, tiene una jubilación de 1000
pesos”. Chávez corrige: “Mil trescientos
cincuenta pesos”.
El tucumano Néstor pide permiso para cantar un
chamamé, Raúl se sube las medias hasta las
rodillas, Zalazar se tapa el sol con la gorra y Marta se rasca el
orificio izquierdo que le quedó luego de perder el ojo por
la mordedura de un perro. Susana, torcida en su silla de ruedas con las
manos tembleques, mira a Chávez, que agacha la cabeza
acomodándose los anteojos oscuros.

De vez en cuando llega la perrera y mata a todo canino que deambule por
allí. Cuando se corre el rumor de que vienen, Azabache y
Oreja son encerrados contra su voluntad en la cocina. Cada vez que
entra Polo los dos canes lo miran como mira un perro que quiere aire
puro.
La cocina funciona como el taller donde se fabrican todas las partes de
la escenografía. Está detrás del viejo
teatro y la cubre el mismo techo de chapa. En las paredes cuelgan fotos
de Gardel, Evita y el Che. Hay trozos de madera esparcidos por el
suelo, una mesa con una sierra, un martillo, cuchillos y pinceles, y
guitarras de cartón pintado en una cajonera apoyada sobre un
enorme cartel hecho con un collage de yerba y pintura que dice
“Estación Siniestra”.
Mientras trata de encender en vano una radio a lámpara del
año ´40 con caja de madera, Polo define la
estética de su narrativa teatral: “Cuando
contás una realidad que es patética nunca hay que
mostrar el fondo porque ya estás al borde del golpe bajo.
Señalalo al fondo, insinualo, pero nunca lo sirvas en
bandeja. Que el público también participe en
forma activa en la construcción del sentido”.
Sobre una mesa de madera reforzada con hierro hay un símil
de cartón de un viejo proyector de cine. “Lo tengo
para cuidarlos a ellos, si alguno se equivoca estando en vivo yo entro
y empiezo a gritar ¡Corten, vamos de nuevo! Como si
estuviéramos filmando una película”. No
es el único momento en que entra a escena. “Yo me
ponía al costado del escenario para apuntar, y me
veían a mí, un viejo encorvado, deteriorado y
cachivache... Resultaba grotesco. Entonces me dijeron que me
tenía que incorporar al elenco y cumplir con
algún rol. Y empecé a fabricar el personaje de un
viejo peón”.
En un aparador se guarda toda la ropa de los actores, en otro los
calzados y sombreros. Una caja en el piso está repleta de
zapatos viejos, pintados con esmalte negro brillante para simular el
charol. Mientras hace girar un molino de caña construido
sobre un rodillo de pintor, Polo se justifica: “Algunos me
dicen que por qué sigo gastando pólvora en
chimangos. No sé, debo mantener algo del ego de mi juventud.
Sé que soy necesario acá; si yo me voy
qué va a hacer esta gente”.
La pantalla encendida humedece por demás el ambiente, la
hornalla de la cocina se refleja sobre las piernas cruzadas del
Jesús del crucifijo. Polo camina hacia un armario y abre con
emoción y mucho polvo un cajón con afiches,
críticas, recortes de diarios y programas de sus tres obras
premiadas: “Aroma a cielo”,
“Estación de Campaña” y
“Chicago Night Club”.

“Él es un tano recién llegado que va a
escuchar el radioteatro al boliche del turco”, dice Polo y
señala a Pedro. “Entonces el turco le prepara la
longaniza a medida que se desarrolla el radioteatro.
¡Allá vaaaaa! En esa época el que
más gritaba era el mejor actor, todos gritaban como locos en
los radioteatros y las viejas se enloquecían.
¡Allá va! ¡No lo dejen escapar!
¡Se metió dentro del rancho!”. Polo
grita como un condenado y se ríe de los estereotipos del
género. “Era malísismo el tipo,
terrible ¡Préndanlo fuego! ¡Ja ja ja ja
ja! Hasta esa risa diabólica tenía”.
Ahora hace la música de la cortina de cierre:
“Finaliza así el capítulo 18 de
Fachenzo el maldito. Termina el capítulo y el tipo del
boliche se levanta y va a pagar. Dale Pedrito”. Polo hace del
turco y Pedro del tano. De esa forma ensayan, todos los
días. Polo va corrigiendo los guiones a medida que practican
los diálogos. Aclara que el “drama con humor
satírico” es el tono que predomina.
Polo repite escenas en distintas obras y las va aggiornando acorde con
la nueva puesta. La razón es muy simple: “Tengo
miedo de que esa obra no se dé más, y de que se
pierda. Quiero que el público se entere del esfuerzo enorme
de las obras anteriores”. Si bien los argumentos siempre
cambian, los costados que abordan son similares: una crítica
global al sistema, los pueblos de principio de siglo, obreros de
ferrocarril, tango e inmigrantes. En “Estación de
Campaña” por ejemplo, donde se cuentan las
anécdotas de un poblado hambriento que nace con el trazado
de las vías de tren, aparece Hitler invadiendo Francia, la
captura del bandolero Mate Cocido y un extravagante gobernador de
Buenos Aires que llega para cambiarle el nombre a la
estación y reparte caramelos Sugus entre los hambrientos,
que terminan devorándoselo a él.
“Hay un juicio por antropofagia. Entonces aparece
Raúl, que es hijo de calabreses así que
imaginate, el teatro lo lleva en la sangre, y hace el papel de un viejo
que, mirá, es increíble”. Polo se
emociona y remarca dónde estriba la importancia en la
calidad de las obras: “Vos te enfrentás a un
público de La Plata que conoce el teatro, que sabe de
teatro, y no podés tener la osadía de robarles
dos horas de su tiempo para ofrecer una huevada”.
Por eso los ensayos son sistemáticos, dialoga con
Raúl, mete a Néstor, le pide ayuda al Gallego.
Les refresca el guión a cada rato, minuciosamente y palabra
por palabra. Repiten una y otra vez. “¿Vos te
creés que cualquier director de teatro tiene esta
paciencia?”.
Remarca a cada instante el esfuerzo enorme que hacen los pacientes por
estar ahí. “A la hora de ponerla en escena, la
obra siempre sale con algunas imperfecciones lógicas, por
más que esté ensayada. Son los imprevistos
previstos, porque alguno se va a olvidar la letra o se va a equivocar
donde tenía que sentarse. Un día antes de la
presentación evitamos que les den las pastillas, se toman un
tarde de esparcimiento al aire libre y al otro día son una
lechuga. Y los ensayos salen lo mejor que se puede. Algunos toman 15 o
20 pastillas, no sé todavía como están
en pie”.

En la jerga hospitalaria, a la bolsa que cada interno lleva con sus
cosas la llaman dormitorio, a los pabellones les dicen salas y a los
internos “los tratan como el loco 40, el loco 18, pero
acá conmigo se sienten seres humanos”, asegura
Polo. El paraguayo Melgarejo saca de su dormitorio una botella de
plástico con agua y toma un extraño
tereré sin sabor. Mientras convida cigarrillos de su
paquete, Polo reparte el pan que queda y manda a la Japo a que arregle
el mate: “Acá a los internos le puteás
a la madre y no tiene tanto efecto como si le llega a faltar la yerba y
los cigarrillos. Son vitales para ellos, ¿viste?”.
La asistencia al taller nunca es regular ni permanente. Siempre
está latente el problema de que alguno se sienta mal,
esté en medio de un colapso o la abundancia de pastillas lo
deje durmiendo todo el día. Néstor ahora pide
permiso para recitar una poesía, mientras Melgarejo se queja
de que siempre le roban a alguien y a Raúl lo asalta una
molesta duda: “No sé por qué en la sala
tenés luz noche y día... Nunca la
apagan”.
Montenegro llega muy tarde, pero nadie le dice nada. Tiene un saco
cruzado a cuadros y un prolijo peinado con la raya al costado. De vez
en cuando se frota suavemente la barbilla y se cruza de piernas. Es el
único que tiene las zapatillas y la ropa impecable.

“No quiero el aplauso dadivoso, pobrecito mirá
cómo actúa. No. Acá trabajamos para
ofrecer el mejor espectáculo posible, algo de calidad en
serio”. Polo mira el reloj: 11.30, hora del almuerzo. La Japo
lleva el mate a la cocina, Pedro acomoda las sillas y las entra,
Raúl se queja de la comida: “Recién
ahora a veces nos dan carne, antes polenta y polenta todo el
día”. Néstor sale corriendo, se tira en
el pasto y comienza un chamamé acostado. El Gallego ya
está en su casa y es Montenegro quien guía ahora
a Chávez hasta el comedor. Melgarejo los secunda bebiendo su
insípido tereré.
Polo ya guardó su máquina de escribir y
cerró todo con llave. Antes de subirse a su bicicleta se
acomoda la gorra y mira hacia la calle. “El pueblo de Romero
es quisquilloso para venir. Los ve todos los días estirando
la manga, pidiendo... Ya están desbordados de ver al loco de
Romero y siempre hecho una piltrafa”.
Van quedando atrás la inmensidad sórdida de los
pabellones, el asfalto de los corredores y el pasto de los canteros con
pinos. El torbellino de motores y gente se va fundiendo con el canto de
los pájaros, hasta incorporarlo a su engranaje. Un
embotellamiento de micros, autos, motos se mezcla con la
inorgánica muchedumbre que intenta cruzar. Un manto de
sombra repentino se cierne sobre la 520.
Laureano Debat

Fotos: Tatiana Zlatar

Poesías
escritas por integrantes del Frente de Artistas del Borda


MENSAJES DESDE LA PANZA
DEL MONSTRUO

LIBERTAD
Yo pienso cómo es este día que no se pasa.
Tal vez la hora no exista, tal vez sea demasiado tarde
como pasa el tiempo, como es la hora,
pero todo cambió
espero mi libertad.
Pablo Morales

TRENES QUE PARTEN
Trenes que parten
bocanadas de humo que desgrana tu adiós
cinco pesos en el bolsillo
y mi regreso a la ciudad del no me importa
asientos para un lado y para otro
No sé si voy o vuelvo a tu amor desencajado
Tu carta no llega, quedan huecos
y los lleno con amores llevaderos
No sé, el tiempo corre entre mis sienes
y el cigarro quema a la angustia del desierto
Daniel Molina

NUESTROS PINOS
Una cornisa
Tres piñas madres azar del viento
Singular altura
los testigos del hospicio
carpincho de hendidura, cunas de semillas hoy sombra
dejan dormidas ramas liberadas
una semilla deseó volar,
hija y madres de semillas es
¿Quién dijo que nuestros pinos no vuelan?
Tus ojos testigos son de nuestros pinos
pacientes son
por hospicio mi casa
árbol soy
Julio César
Montesanto

20 AÑOS
De repente flotaste,
miraste tu ojo rojo
descartaste el sueño de un bandoneón
te coreó el rescate del trino de un pájaro
Vos que vas al vodka sin que nada te importe
En resumidas palabras paraste con la vitalidad
se te hizo un vicio acompañarte de acordes locales
y tu super influencia al adelanto de tu yo personal
bajaste, diste golpes, subiste agonizando.
El maltrato de todas estas idas y venidas
te dio un triunfo de artista de avenida
Escalonaste en el subte de mendigo
pero surgió una resurrección mágica
las que pueden los volcanes en erupción de tu primer chacra
temblaste al ver al druida
el escaloneo te vino mal
a cada paso de tiran billetes
salir de la mugre cuesta un poco
sos puro, lo ves todo
aclimataste a la zona
te quedaste preso de vos, de ellos, de todas
hoy querida pasaron 20 años de trauma
el esqueleto pesa
y yo queriendo armar títeres pude hablar poco
el mundo hace mucho ruido
en casa hay una vibración que viaja por la sal
acordate que te estamos espiando
sos un muñeco de jugo
¿No ves cómo se ponen las cosas cuando
estás vos?
Ya no hay suerte

LA ESPERA
Recorrer encapsulado de tu ahora acústico
don de saberes
recorriste el oeste
en tu pantalón mojado con hierbas
corriste el manchón
y desconquistaste las uvas
evocaste a un sonrisador
desplumaste el velo de las sombras
controlador de haberes
soutién perfumado
marcapasos a motor
en tu pecho la transpiración lo mojó
y controlaron las orejas en una cisterna
despojaste el brillo de tu cráneo
molestaste despotricando el jet set
te hiciste de un grupo de amigos
amistosos del tiroteo
Volás sin techo,
engrupís a medio mundo
despistando tu voladura en tu coraza de metal
Rendiste al empleador de turbante gris
y la poderosa guerra y la orgía del acorazado
Sos un tubo espiralado
tus balas zigzaguean
la estación del maestro llovió.
Hoy hay ruinas de cemento,
seguiremos esperando el container de titanium
Fernando Aquino

ELLA
Y ella deja un rastro de mosca en el aire
de huida por el bosque
de fantasmas mas entre los árboles
pero se detiene
observa, llora, es feliz
sus ojos no son los que miran
sus neuronas no descansan
Acepto su principio de infinito
quisiera que hubieran miles
sigue en el aire buscando ojos
buscando algo en qué mirarse
Sola es nada
tal vez está, tal vez no es ella
Marina Treus y Ana
Marineo

N. de la R.: Dado que los poemas están transcriptos de su
lectura oral, es posible que la métrica no coincida con la
original, así como las mayúsculas o las
puntuaciones. De ser así, pedimos disculpas.
Además, como han sido leídos en forma colectiva,
desconocemos el autor de uno de los poemas.

Traslados compulsivos en
el Moyano


QUEREME ASÍ
PIANTÁA, PIANTÁA, PIANTÁA...

189 internas del
Hospital Neuropsiquiátrico Moyano, fueron derivadas a
clínicas privadas. El Estado paga cuatro veces
más de lo que su Nomenclador indica por las internaciones. Y
las desoye cuando piden, desde una cordura indiscutible, recuperar su
hogar...

"Ningún loco está loco, si uno se conforma con
sus razones"
Jean-Jacques Salpêtrière, Congreso de Nantes, 1925

30 de enero de 2006, Ciudad de Buenos Aires.
Sres: Directores del Hospital Moyano
Dr. Berretoni. Dr Caferata

De mi mayor afecto y respeto.
Por medio de la presente nos dirigimos a Uds. para solicitar por su
intermedio, ante quien corresponda, intervenir dado que todo el
pabellón Santa Isabel, va a ser trasladado fuera del
Hospital.
El cual las que estamos lúcidas nos negamos a irnos. Es toda
una vida que vivimos en este Hospital y hoy no tienen en cuenta lo que
sentimos y lo que pensamos, nos tratan como si fuéramos un
mueble, y no es así.
Si la decisión fue dada por un Juez, que sea él
en persona, que venga a hablar con las pacientes.
Abajo firmantes, siendo pacientes tenemos derechos y parece que nadie
los tienen en cuenta, si nos quieren trasladar por arreglo del
pabellón Santa Isabel que sea dentro del Hospital Moyano.
Sin más saludamos a ustedes con nuestro mayor respeto,
esperando una pronta y satisfactoria respuesta.

P/Data: No nos pueden obligar a irnos. No sería humano, dado
que este lugar es nuestro hogar y nuestra familia.


Firmas de pacientes que
no estamos de acuerdo con irnos del Hospital Moyano:


Mirta Aguirre,
María Aneiva Brinzoni, Mercedes Blanco de Raña,
Carmen Ciccarone, Ana Di Lullo, Olga Najmías, Adriana
Steiner, María Tolaba, Patricia Vádez,
Nélida Gamarra, Nora González, Nélida
Guillén, Alejandra Kmetspozniak, Marcela Luciarte.

Varios mitos se demuelen tras leer esta carta escrita por catorce
internas del Hospital Neuropsiquiátrico Braulio Moyano en el
porteño barrio de Barracas, sobre tierras
costosísimas compartidas por otros hospitales
públicos como el Borda, el Rawson, el Tobar
García y el Muñiz.
El primer mito que hace agua es que, entre las 189 trasladadas del
hospital público a 26 clínicas privadas, estas
internas puedan estar fuera de sí y no tener criterio para
decidir qué es lo mejor para ellas.
Sus razones son de una lógica incuestionable, si se tiene en
cuenta que muchas de las internas del Moyano -como de tantos
psiquiátricos de internación prolongada-
perdieron hace demasiado tiempo el rastro de sus familias nucleares, en
el caso de tenerlas, y vuelven al propio hospital su hogar y a sus
compañeras de internado su familia.
Al ser trasladadas sin consentimiento, parte de su identidad se diluye;
y más aún, si se sabe que fueron repartidas en
distintas clínicas sin tener en cuenta su pertenencia de
grupo. Así se las condena doblemente: a la
privación de libertad y a la soledad de sentirse perdidas y
extrañas.
Otro de los mitos que parecen desvanecerse en el aire es la
razón de los traslados. Porque si bien las condiciones
edilicias y habitacionales del Moyano (que tiene casi una decena de sus
28 pabellones cerrados por el mal estado edilicio) fueron largamente
cuestionadas y denunciadas, muchas de las 26 clínicas a las
cuales fueron trasladadas estas 189 internas no cuentan con mayores
comodidades, ni mejores profesionales.
Y si a esta situación se le suma el costo de
internación, quizás se encuentre la punta del
ovillo. Una punta que está a la vista en el
Boletín Oficial 2397 que cualquier curioso puede leer en la
web del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires
(www.gcba.gov.ar). Este Boletín contiene la
Resolución Nº 284-SS (13/3/06) que detalla las
cifras del nuevo Nomenclador de Prestaciones de Salud de la Ciudad. En
el Anexo 19 (Salud Mental) consta que para las internaciones
prolongadas (código 24.09) el Gobierno paga $25 por paciente
por día.
Este dato no dice nada si el lector curioso no leyera el
Boletín Oficial 2380 (14/02/06) en donde el Decreto 165/06
sobre "Convenio de colaboración entre la
Secretaría de Salud y la Cámara Argentina de
Clínicas y Establecimientos Psiquiátricos
(C.A.C.E.P.)", establece $95 por día por paciente para las
clínicas a las cuales se trasladaron las 189 internas.
Pasando en limpio: el Estado paga cerca de 3 mil pesos mensuales cuando
debiera por Nomenclador pagar 750 pesos, en una clara transferencia de
recursos públicos a los privados, amparados por el Convenio
firmado entre ambas partes.
El ex ministro de Salud del gobierno porteño, Donato
Spaccavento, declaró hace algunos meses: "Me
gustaría que me recuerden porque pasé a la gente
de los manicomios a la comunidad"... que no es lo mismo que pasar a la
gente de los manicomios a las clínicas, aunque bien puede
ese enroque de palabras habérsele olvidado a su cartera,
así como los miles de pesos que quedan cada día
en el camino hacia las arcas privadas.
Es cierto que la compleja realidad de hospitales como el Moyano (y del
tratamiento de la Salud Mental en su totalidad) no es de
fácil resolución. Pero es más cierto
aún que una salida "razonable" está lejos de ser
sustituirlos por clínicas más caras y de peores
prestaciones.
Verona Demaestri

     
Se autoriza la reproducción total o parcial del
contenido, citando la fuente y remitiendo un ejemplar
de la publicación a La
Pulseada